sábado, 3 de diciembre de 2011

Un milagro por minuto/Reflexiones en torno a la salida de Silvio Belusconi


La Tierra es un bus conducido a 150 kilómetros por hora,
por pilotos ciegos y borrachos.

Juan Carlos Lemus

Renunció Silvio Berlusconi, ese pequeño Calígula moderno que fue tres veces primer ministro de Italia. Entre sus logros está el que haya salido judicialmente ileso de sus aventuras con prostitutas y menores de edad, además de que impulsó leyes racistas contra quienes consideraba “delincuentes extranjeros”. Es un tipo de cerebro genital; famoso por sus pretensiones de Playboy y porque se le ve en YouTube comiéndose asquerosamente lo que se saca de la nariz.

Como megalómano, no ha sido el único. Saparmurat Niyazov, por ejemplo, ex dictador de Turkmenistán, mando erigir una estatua con su imagen hecha de oro y material de meteorito, y sustituyó el nombre de algunos meses del año para ponerles el suyo y el de su madre.

Solo en un planeta tan absurdo puede suceder algo como esto: en 1921, en Nicaragua –nos dice William Krehm en su libro Democracia y tiranías en el Caribe- dos muchachos fueron cogidos in fraganti falsificando monedas de oro. Uno de ellos se llamaba Anastasio Somoza García y llegó a ser presidente de Nicaragua. El otro, Camilo González, fue su jefe del Estado Mayor. De igual calaña han sido Abdalá Bucaram, ex presidente de Ecuador conocido como el Loco; o el criminal paraguayo doctor Francia, dictador perpetuo que a sus 20 años abofeteó a su padre; era paranoide y en una de sus crisis mandó a fusilar a su sobrino y a su hermana –Roa Bastos lo describe ampliamente en su novela Yo, el Supremo-.

Visto así, Berlusconi no es más que un mocoso millonario y terrible, no menos abrupto e imprudente que el francés Nicolas Sarkozy. Nuestro mundo parece un autobús conducido por pilotos ciegos y borrachos, que lo llevan a 150 kilómetros por hora en un callejón sin salida. Tales líderes son peligrosos como los choferes de nuestros buses rojos. La única diferencia es que los primeros siguen un protocolo, beben champaña en sus orgías, usan corbatas de seda, tacones y blusas blancas, en tanto que los pilotos de la muerte montan en jaripeo a sus animales de hojalata que escupen humo tóxico, babean aceite y tienen las entrañas destartaladas.

Los choferes no hacen fiestas salvajes en burdeles exclusivos, pero exhiben autocomplacencia cuando agreden a personas indefensas, cruzan los semáforos en rojo, bloquean las intersecciones, maldicen a los ancianos y acosan a las muchachas. Lo más absurdo es que les pagamos a los dueños por que nos hagan todo eso, con un subsidio anual de varios cientos de millones de quetzales. El negocio no puede ser más sucio. En cuanto a las corbatas, también las pagamos.

A pesar de todo, esos buses son una prueba de que Guatemala es uno de los países del planeta en donde suceden más milagros. Cada minuto, cada persona que llega a salvo a su destino, es un milagro.

“No puedo reconciliarme con un mundo en el que un ademán puede costar la vida”, escribe Heinrich Böll en Billar a las nueve y media. Tiene razón. El mundo es absurdo, difícil e irreconciliable. Así sea en Alemania o en Panajachel, en Italia o en Ciudad Quetzal, los líderes y los choferes son paranoides como el doctor Francia y pueden agredir o mandar a matar a cualquiera si miran por el retrovisor ademanes que les disgusten.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Habemus cuque/ Descubrimos el Síndrome Guatemala


Según parece, fue descubierto el síndrome
de Guatemala, una variante del de Estocolmo.

Juan Carlos Lemus

Guatemala tiene antecedentes penales, policíacos y depresivos. Nuestros bisabuelos vivieron bajo la polvazón caballar de Estrada Cabrera; sus hijos sufrieron el terror de la Policía de Ubico, y nuestros padres fueron humillados por la judicial y los grupos paramilitares.

Pese a tan grosero saqueo de nuestra felicidad, no sabemos cómo, pero aquí estamos. Fuimos procreados con amor y hemos crecido llenos de esperanza. Es una esperanza tan grande que consiguió derrocar –al costo de la sangre- tanto a tiranos como a molestas aves de corral. Nos defendimos cuales gatos panza arriba y sobrevivimos a la regadera de balazos hasta que se firmó la paz.

Pero a diferencia de las telenovelas donde al final la sirvienta descubre que es la hija rica y se casa con el galán, nos sucedió que la muchacha era marera y el galán un carcelero que se oculta píldoras en el fondillo.

Si nuestra historia daría como para escribir cuentos de terror, fuimos todavía más lejos. El 6 de noviembre del año 2011 creo que se descubrió en Guatemala una variante del síndrome de Estocolmo, aquel en el cual la víctima se enamora de su secuestrador.

Nadie hubiese creído que sería electo para gobernar un tipo acusado de haber participado en crímenes de lesa humanidad. Ciertamente, la decisión era difícil, porque el otro candidato tampoco era una ganga. Para tener aspiraciones presidenciales, a Manuel Baldizón le sobró egocentrismo, mesianismo y chaladura.

No debería extrañarnos ya nada en un país donde izquierda y derecha venden podrido el maíz, hay sindicatos que sirven de alfombra roja para que la pisen sus amos, no hay ideología de partidos y me consta que progresistas varones que por televisión elogian el feminismo, son machistas como una leona. Época tan caótica me trae a la mente estos versos: “Es hora de acostarse con quien les plazca/ y de irse a los puñetazos con una monja”.

El problema no es que Pérez Molina sea militar. Los hay respetables –vivos y muertos- como Jacobo Árbenz Guzmán. O si picamos más alto, en la historia de la humanidad los hay trascendentes como Charles de Gaulle o Domingo Faustino Sarmiento. El problema es que habiendo tantos millones de habitantes honrados nos gobernará uno que tiene un pasado sospechoso. De su currículo deberían resaltar sus estudios de Alta Gerencia en el INCAE y su maestría en Relaciones Internacionales en la Francisco Marroquín, pero sobresale que sea cuque porque su actividad como tal fue sumamente grave.

La noche del 6, su partido lanzó al cielo miles de dólares en juegos artificiales. Tronó a todo pulmón la banda Sonora Dinamita, hubo discursos, lágrimas y las primeras muestras de desenfreno de la señora Baldetti, cuya inauguración como vicepresidente electa ante sus partidarios fue gritarles: “¿Hay orejas aquí? ¡Veo algunas caras!”. Exuda prepotencia y arrogancia; tiene hambre de mandar y hará su voluntad sobre cualquier autoridad, le Pérez a quien le Pérez.

Tras los morteros que estallaban en el cielo, desplegó sus alas un cuervo cuyo pecho exhibía la condecoración Cruz del Ejército de Guatemala otorgada por sus altos servicios a Otto Pérez. Y aleteando, jadeante, se hundió en la noche.

Los deseos del rey/Sobre los chapines campeones panamericanos


Hola, gente maravillosa, campeona
de los Panamericanos: ya hicieron suficiente.

Juan Carlos Lemus

Érase de un rey sumamente rico que tenía una hija muy hermosa; ofreció entregarla, más la mitad de su reino, al valiente que le cumpliera dos deseos; el primero, decapitar al dragón Martus que asediaba sus territorios; su segundo deseo sería revelado cuando el vencedor le llevara la cabeza del animal.

Bravos hombres se internaron en el bosque. Muchos murieron hasta que uno de ellos, tras batirse con el dragón, lo decapitó y luego puso la cabeza a los pies del rey. Mas cuando pidió al soberano que le dijese cuál era su otro deseo, quedó petrificado al oír estas palabras: “Bien has cumplido mi primer deseo, el segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, que me traigas la cabeza de Gruter, el león gigante que traga de un tajo a 100 hombres, el otro te lo revelaré cuando hayas cumplido el primero”.

El guerrero surcó montañas y descendió a profundos barrancos hasta que se vio frente a la bestia. Tras lucha mortal, pudo cortarle la cabeza y también la puso a los pies del rey, quien complacido, dijo: “Bien has cumplido mi primer deseo. El segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, tráeme encadenado al Toro de las Siete Furias cuyos caballos salvajes cruzan las entrañas de la tierra. El segundo te lo pediré cuando hayas traído al Toro...”

Parte de la Leyenda de los deseos eternos, como se conoce a esta narración, la comparto a propósito del gran acontecimiento que recién celebramos en el país, el de los triunfos obtenidos por nuestros atletas en los Juegos Panamericanos de Guadalajara. El júbilo que nos provocaron es enorme. Son personas grandes y maravillosas. Se les debería dar algo más que aplausos porque no solo ganaron medallas sino que elevaron la moral de nuestro país tan lastimado; nos hicieron creer en un futuro brillante para el deporte, quizás también para el arte y la cultura. Pero, además, sería justo darles el premio de no presionarlos. Digo esto porque se les ha preguntado ya con mucha insistencia sobre “su próxima meta” y se habla de que participarán en las Olimpiadas de Londres y en los próximos Panamericanos. No dudo que podrán obtener más medallas, pero recién vienen de cortar grandes cabezas. Es semejante a la pregunta que hizo un reportero a un escritor cuando presentó una novela: “¿Cuál es su próximo libro?” El escritor, enfurecido, respondió: “Me pasé diez años escribiendo esta novela y todo lo que haces es preguntarme por la próxima, ¡Carajo!”.

Si se proponen avanzar aún más, será la suya una decisión personal. Contarán con nuestro apoyo, claro, pero por ahora veámoslos como lo que son, muchachos y muchachas que merecen parrandear. Ya decidirán si se aventuran en otros bosques. No hablo de conformismo, sino de que evitemos poner sobre sus espaldas nuestras esperanzas.

En Guatemala sucede que a las estrellas se les baña de elogios y cuando inician el descenso se les vitupera. Y no seamos como el rey despiadado que mientras más triunfos tenía, más exigía; por cierto, era un rey que jamás guerreó con dragón alguno y que al final –no les conté toda la historia- el joven murió en una de sus empresas, el rey siempre tuvo un nuevo deseo y su hija envejeció llena de lujos y de tristeza.

No, gracias



Una braza puede incendiar un bosque;
gota a gota se llena un océano.

Juan Carlos Lemus


Según la metafísica, cada átomo funciona de igual manera que el Sistema Solar. Ciertas leyes hacen que la vida gire alrededor del Sol y que cada electrón lo haga alrededor de un núcleo atómico. Por eso, cada vez que un niño nos estafa en una calle del Centro Histórico o en los alrededores de un estadio, es el pequeño indicio de que algo anda gravemente mal en toda la sociedad.

Tres personas calientan el fuego de ese tipo de estafa. El niño, porque nos engaña, el estafado –quizás, usted o yo- porque no lo evitamos y el sistema de justicia porque permite que ese cuadro suceda.

Mi argumento parecerá débil porque nadie se cree tan tonto como para dejarse estafar por un niño. Pero vamos a la escena del crimen. Usted va de paseo, en su vehículo y encuentra un sitio donde parquearse en la calle. Mientras retrocede y avanza, tratando de colocarse, ese niño –o una señora con delantal- le da instrucciones con la mano mientras le dice “Dele, dele, seño, ahí nomás”.

Usted se baja y hacen el negocio: le cuidarán su auto a cambio de unos quetzales, pero bien sabe que nadie se lo cuidará, que no les importa que se lo rayen, que se lo choquen o se lo lleven entero. Nunca veremos a esa señora rodando por el suelo, fajándose a golpes con un ratero porque lo atrapó quebrándole un vidrio. La verdad es que el estafado suele pagar con la esperanza de que no le hagan daño. Eso también es una extorsión. En nuestro escenario, esa señora igual puede ser un anciano o algún muchacho. Son personas que obstruyen los espacios públicos con cajas de aguas o bancos plásticos y pueden incluso mandar a golpear a la persona que no les da dinero.

Podemos justificarnos diciendo que tres o cinco quetzales no son nada -peor es un ojo morado-, pero la conciencia nos grita que nos dejamos engañar, como siempre. Hundidos en la descomposición social, a fuerza de pequeños miedos nos vamos hinchando de ira. Gota a gota se llena un océano. Igual, es posible que rematemos con quienes no representen para nosotros una amenaza. Y el círculo de miedo y agresividad se fortalece. Recuerde que lo pequeño es un mapa de lo enorme.

La solución está en decir dos palabras muy sencillas que generalmente se nos quedan trabadas en la garganta, porque cuesta mucho pronunciarlas: “No, gracias”. El problema se complica porque si usted se niega, no se va tranquilo al estadio, al concierto de música o a la procesión. Pero, aunque pague, es posible que cuando llegue a su carro lo encuentre hasta sin batería. Aún así, volverá a pagar. No es para tanto.

La destrucción emocional ante la vida no viene solo de los grandes líos nacionales, también las pequeñas gripes crean pulmonía. Es probable que ese tipo de estafa, más otros problemas como el humo negro de las camionetas contribuyan a crear, poco a poco, a un guatemalteco furioso e inesperadamente violento. Una bomba siempre a punto de estallar. Más convendría avanzar con más coraje y decir “no, gracias”, en lugar de tragarnos cada insatisfacción.

Se corre un gran riesgo, claro, pero hay una frase muy sabia que dice: “El que se arriesga, puede perder, pero el que no se arriesga, ya está perdido”.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Pellizcos y mordiscos

Pérez y Baldizón terminarán del brazo, como comadres,

pero antes “pelean” mostrándose el dedo.

Juan Carlos Lemus

Los debates entre candidatos a la presidencia evidencian solo una sucia gota de todo el charco; tuberías adentro, los contendientes guardan toneles de mentira y descomposición. Pese a todo, uno de los dos –Otto Pérez o Manuel Baldizón– alcanzará la Presidencia. Será como el cielo administrado por el Marqués de Sade. La Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por un chucho. El Premio Nobel de la Paz concedido a un mono colorado y terrorista como George W. Bush. Un pederasta a cargo de un jardín de niños.

Mejor sería un combate en vez de un debate; una lucha a muerte entre dos delincuentes de esos que se enrollan la chaqueta en un brazo y con el otro intentan apuñalarse. Podrían deleitarnos con una emocionante batalla cuerpo a cuerpo, desnudos y previamente azuzados con chile cobanero. Está de moda la pelea en jaula. Eso sí, el réferi no sería el simpático señor Jorge Gestoso, menos todavía la tendenciosa y superficial periodista Patricia Janiot, de CNN –esa cadena mundial sesgada y altamente subjetiva– sino un hooligan drogado y con púas de buldog alrededor del cuello.

Hoy el mundo convulsiona, camaradas. Hacia Italia, Londres, Grecia, los Países Árabes o Estados Unidos, hacia donde apunte nuestro dedo sobre el mapamundi, allí hay un hervidero de manifestantes furiosos. En Guatemala, en cambio, sin anarquía pero con alta frustración, experimentamos impotencia ante dos candidatos que se desafían de mentiritas, mostrándose el dedo y la lengua, que se dan pellizcos y mordiscos. Cuando uno de los dos gane, veremos cómo se protegen y hacen negocios juntos –si no es que ya los tienen–.

Si en verdad quisieran hacerse daño, ya se lo habrían hecho. En el reciente debate organizado por la Asociación de Gerentes de Guatemala, Gestoso dio a Baldizón la oportunidad de hablar sobre el pasado militar de Pérez, un tema encendido porque todos sabemos que se le imputa el haber cometido crímenes de lesa humanidad. Baldizón solo respondió que él y su agrupación política “van hacia el futuro”, “no ven al pasado”. Entonces, por qué llevó documentos del pasado para culpar a Pérez de haber despedido a cientos de miles de soldados. Era el momento de Baldizón para satisfacer el hambre de knockout que tienen las organizaciones de Derechos Humanos, mas fue cobarde. O muy listo como para pelear de verdad con su futuro compadre.

De igual manera, Pérez perdió la oportunidad de exponer por qué se liga a Baldizón con el narcotráfico y el crimen organizado; solamente lo aruñó como a la gente más le gusta, cuestionándole su relación con la UNE. Pedirles algo más sustancioso, programas de gobierno y caballerosidad es demasiado para dos personas que no tienen estatura política ni personalidad.

La devastación es total. Vamos en picada. Esas discusiones acaban en manoseo, en tanto que mucha gente hasta se balea por ellos.

Una de las frases más despreciables y al mismo tiempo de las más acertadas, es esta: “Cada país tiene el gobierno que se merece”. Pero, como dijo hace pocos días Ricardo Arjona, “Si cree que no se lo merece, debe hacer lo necesario para cambiarlo”. Pero cómo, dinos cómo, camarada de las cinco décadas; yo ya hice mi propuesta, hace una semana.

Yo propongo

Vivimos atrapados en un ciclo indigno y necio; para cambiarlo, aportemos nuestras ideas.

Juan Carlos Lemus

Podemos elegir ente dos candidatos, uno está chiflado y el otro se esfuerza en parecerse a él. Este año electoral es como si tuviéramos que jalar una carreta conteniendo 15 millones de frutas, a la orilla de un precipicio, y solo podemos optar por uno de dos jumentos que se nos ofrecen meneando la cola; el problema es que uno es cojo y ciego, y el otro es ciego y cojo.

Lo más grave, el favorecido tarde o temprano se quitará el disfraz y veremos que no es ningún asno sino es una fiera ciega de poder que se hace acompañar de alimañas mentirosas y ladronas.


No sé si a usted le sucede lo mismo, pero estoy harto de que cada cuatro años suceda un ciclo en el que viene un fulano a ofrecernos seguridad y justicia, llena el país de su basura propagandística. Si no gana, se empeñará a destruir a su adversario ganador, y si gana, se olvidará de nosotros. Cuatro años después, viene otro fulano a ofrecernos seguridad y justicia, llena el país de su basura propagandística. Si no gana, se empeñará a destruir a su adversario ganador, y si gana, se olvidará de nosotros. Cuatro años después, viene otro fulano a ofrecernos seguridad y justicia, llena el país de su basura… Me encantaría repetir lo mismo en cada página del diario. Sería tedioso y desesperante, como nuestra realidad política.

Por qué no intentar otro rumbo, por impracticable que parezca en este momento. Propongo que, en lo venidero, en vez de gastar en propaganda y mítines, los partidos, liderados por su candidato, gasten su dinero haciendo obra social en algún departamento escogido por ellos mismos. Este año participaron 25 partidos y son 22 los departamentos. En cada lugar podrían trazar estrategias para el desarrollo, revisar el mapa de necesidades, construir puentes, carreteras y programas comunitarios. Sería un concurso cívico e inteligente.

Si puede manejar un departamento, ese candidato quizá también podrá manejar un país. Beneficios colaterales serían el turismo y las romerías al mejor gusto guatemalteco que se formarían para asistir a observar los logros, como días de feria. Sabríamos si en ese lugar la gente del partido se robó el dinero de los proyectos, si los candidatos a presidente y alcalde fueron capaces de controlar a sus partidarios. Evaluaríamos si facilitaron el acceso a los discapacitados y beneficiaron a los adultos mayores en lugar de besuquearlos y exhibir hipocresía en la televisión.

No soy más ingenuo que quien vive frustrado dentro del ciclo. Si quiere datos fríos, aquí van: solo el Partido Patriota se gastó más de Q160 millones en su campaña del 2007. Este año lleva despilfarrados más de Q63 millones y el partido Líder más de Q44 millones. Baldizón y Pérez mejor hubieran construido carreteras hasta las más remotas aldeas. Todo ese dinero y el de los demás partidos habría mermado lo que hoy sufren nuestros hermanos azotados por las tormentas.

A quien no resultara electo le quedaría la satisfacción de haber contribuido a mejorar la vida de varias personas. Créame que eso sería más agradable que vivir con paranoia, rodeado de guaruras y soportando que la gente escupa al suelo cada vez que lo nombra. Eso es todo. Ah, y pido perdón a los jumentos.

domingo, 9 de octubre de 2011

Qué te pasó, Pollo Campero

Venturas y desventuras de un sabor
que se disipó al calor de los años.


Por Juan Carlos Lemus

Véalo. Ante mi nariz lo tengo, magullado y triste como si lo hubiesen sacado a empujones del gallinero. Este capón más parece una flaca paloma de la Catedral. Pierna y pechuga lucen magras. Al herirles la parte gorda para encontrar dentro algo de aquel aroma con el que nació en los setentas, aparece una carne pálida, humeante, inodora, sin amor culinario alguno, como si solo se hubiera cumplido con un requisito de cocción.

Algo en este platillo no está bien y estoy seguro de que no es un error de los cocineros, meseros ni gerentes, todos personas tan esmeradas y amables. El problema tiene que venir de la parte alta de la cascada, del pico del cuadril. Y no me refiero a un pleito personal de la familia Gutiérrez –eso no me interesa a la hora de meter este tenedor-, sino a la falta de tino empresarial. O para mejor decirlo: se durmieron en sus laureles.

Pero vamos por piezas, como diría un cocinero. El gran hallazgo culinario urbano de la segunda mitad del siglo XX se llamó Pollo Campero. Su fragancia se colaba por los callejones, casas y autobuses. Era un deleite consumir un pollo distinto al que nos vendían en los mercados o nos cocinaban en casa. Nuestros paisanos que viajaban a Estados Unidos abordaban el avión con un par de cajas. Era el favorito, sin duda.

Traigo a la mesa el tema en honor a los cientos de miles de familias que lo consumen y gastan buena parte de su salario en un pollo que hace años dejó de ser apetitoso. Sus dueños deberían revisar con honestidad el porqué y en qué momento se perdió la mística y el registro de paladar que descubrieron cuando lo lanzaron al mercado. Si cambiaron la fórmula para acelerar la producción, recuerden que sus clientes merecen más calidad y justicia de compra venta.

Una lógica bastante amañada nos dice que si el producto no fuera bueno, no se consumiría. Es cierto que, a pesar de todo, Campero es un poco mejor que esos pollos desabridos que ofrecen McDonald’s o Burger King, por ejemplo, pero ese no es un signo de exquisitez para un producto que tuvo la oportunidad de permanecer como una célebre invención gastronómica urbana.

Su expansión por el mundo demuestra éxito económico, pero su verdadero triunfo será devolverle aquel sabor que perdió hace años, más ahora que esa cadena de restaurantes anunció que cambiará su imagen y fachada, ampliará el menú y modificará su logotipo. Más valdría la pena que lo cocinaran de mejor manera; recuerden que si es “tan guatemalteco como tú” -según su eslogan-, muchos querríamos que se nos representara con más estima, de lo contrario, mejor harían en excluirnos de tan honrosa dedicatoria.

No sé cómo lo saborearán nuestros paisanos en el extranjero, pero aquí es cada vez menos tierno, nada jugoso y más grasiento que crujiente. Quienes fuimos adictos a él, a su toque tan único y sorprendente, hoy sentimos algo parecido a lo que una hincha de la Barbie experimenta cuando ve a esa muñeca recostada en cualquier tienda de 9.99.

El grupo empresarial que lo maneja debería acudir, con toda su familia, a uno de sus propios restaurantes, pedir el menú –les recomiendo el puré, la hamburguesa y una pechuga-, hacer su orden y… A disfrutar se ha dicho.

lunes, 3 de octubre de 2011

¡Hey!, extranjero:

No siempre fuimos un país violento, plagado de criminales;
más bien, éramos benevolentes.


Juan Carlos Lemus

Quizás, usted ha creído que desde siempre hemos sido un país con graves problemas de violencia. No es así, todo lo contrario, hasta hace unas cuantas décadas éramos uno de los países más hospitalarios del mundo. Las puertas de nuestras casas permanecían abiertas, tanto para los visitantes como para las bocanadas de aire fresco con las que mitigábamos el calor de nuestras apacibles tardes.

Nos distinguía nuestra solidaridad. Éramos generosos, especialmente con los extranjeros a quienes hacíamos sentir como en familia. Cuando en la calle nos preguntaban una dirección, aunque fuéramos apresurados nos deteníamos a dar explicaciones detalladas, más o menos como estas: “Siga dos cuadras, al llegar a la farmacia, cruce a la izquierda y se va recto, recto, hasta el mercadito; pero, si quiere, mejor lo acompaño”. Y lo llevábamos.

Comíamos pan saludable y lo compartíamos con desconocidos. Era normal que nos detuviéramos en cualquier casa para pedir un vaso de agua. Nuestros niños corrían entre los barrancos, viajaban solos en los buses, trepaban a los árboles y jugaban escondite en los callejones.

Usted, extranjero, si cree que Guatemala siempre ha sido tierra donde algunas bestias cortan la cabeza a otros y que nacimos pandilleros, se equivoca. Antes, la noticia de un robo nos duraba quince días. Es más, si alguien había robado, sentíamos vergüenza de esa persona, y ella, a su vez, sentía pena y difícilmente nos daba la cara cuando la veíamos en la calle.

Algunos ancianos recuerdan cuando la Policía los despertaba en la noche, solo para avisarles que habían dejado abierta la puerta de su casa. No éramos santos, pero sabíamos quién era el ladrón del barrio, quién vendía droga, quiénes eran gentes malas y quién andaba armado. Mi abuela Josefina me contaba cómo ella misma zangoloteó de la oreja a un carterista. Muchos tenemos anécdotas similares.

Éramos pacíficos. ¿Qué pasó? Mire, esas cosas suceden poco a poco. Algunos abusaron de nuestra hospitalidad. No nos dimos cuenta en qué momento dejamos de dar los buenos días y comenzamos a maldecirnos. Una de las razones es que fuimos gobernados por criminales a lo largo de un siglo -algunos de ellos graduados con honores en el extranjero-, que nos infundieron miedo a la vida y sumisión a la autoridad; súmele 500 años de racismo y discriminación. ¿Que por qué no nos sublevamos? Porque fíjese que nos dividieron y nos mataron, por eso. También nos hizo pedazos el conflicto armado, las dictaduras, los fraudes electorales, la CIA y la explosión demográfica sin un aumento proporcional en educación. Y bueno, esas cosas nos hicieron cambiar. Pero aunque fingimos que somos fríos, en el fondo todavía somos bondadosos, lo que sucede es que tenemos miedo, vergüenza, frustración y lo manifestamos con ira.

Muy probablemente, antes de venir al país usted sintió pavor. Su familia se quedó rezando porque se venía a un territorio de asesinos, al infierno. Pero, ya ve, ha encontrado amigos, a personas sencillas y amables. Por eso, si alguna vez nos juzgó, mejor cállese y alégrese de que su país no padece de estos males, y ruegue porque jamás los tenga porque, créame, esas cosas llegan sin que uno las pida.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

No “pare de sufrir”

Religión y avaricia no pueden andar de la mano,

pero todo es posible para los impostores.



Por Juan Carlos Lemus

El brasileño Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, IURD, en Rio de Janeiro, es sospechoso de haber blanqueado US$235 millones en donaciones. Además, acusan a su congregación cristiana evangélica de ofrecer falsas promesas de ayuda espiritual a los fieles.

Debido a que es una institución supuestamente religiosa, goza de inmunidad tributaria a la vez que se extiende construyendo templos en todo el mundo. Muchos nos preguntamos si la IURD tiene presencia en el país. Por supuesto que sí. Hemos visto su famoso rótulo “Pare de sufrir” colocado en su sede, el antiguo cine Reforma. Pero aunque ahora estará más visible debido a la acusación en contra de Macedo, justo es que observemos otras probabilidades de esa índole que operan en el país.

Para empezar, un falso templo se levanta con cuatro paredes, unas cuantas láminas y -lo más importante- un cuchumbo para las ofrendas. Los verdaderos cristianos evangélicos y los pastores honorables que lean esto y lo que sigue sabrán que no me refiero a ellos. De hecho, aunque no sea su correligionario, a veces escucho con singular interés sus programas radiales porque valoro cuanto tiene que ver con las cruzadas por la paz que se hacen en este país monstruosamente lastimado; además, conozco a evangélicos que me parecen admirables.

Sentirán odio al leer esto quienes se saben impostores, esos que mañosamente evitan que sus ovejas tomen conciencia de que son esquilmadas. Algunos de ellos han acumulado grandes cantidades de dinero y tienen iglesias con sucursales, guardaespaldas y choferes. Otros operan desde lugares más sencillos que de día son tortillerías y de noche templos. Las ofrendas marcarán su crecimiento.

Construido el cuarto -o el millonario inmueble-, el resto es danza celestial. Contratan a un par de oradores chispudos que leen la Biblia, hacen exégesis de algunos pasajes, ofrecen milagros de diez a once, sanaciones y dones espirituales de doce a una; todo como si mantuvieran encadenado en el patio a un extraño dios a quien sueltan para que saque la tarea. Sus reuniones son un espectáculo dramático. Oran a gritos, con lágrimas histéricas y salivazos. Ofrecen el reino de los cielos y amenazan con las llamas del infierno. Esta es la parte más delicada, pues esos supuestos pastores y sus secuaces drogan con remordimiento a las personas. Así, acumulan riqueza y con insaciable avaricia construyen más negocios de apariencia espiritual, acaso narcoiglesias. Limpian las culpas con agua de dólares, joyas, fajos de quetzales y otros favores tales como servicios gratuitos de limpieza, jardinería o de albañilería.

Habrá quien considere que mi juicio es demasiado severo. Insisto en que hay templos sencillos pero respetables, otros son más lujosos y quizá cumplen con su objetivo evangelizador, todos deben sostenerse con ofrendas, es normal, pero les aseguro que abundan personajes inhumanos, gente feroz y en el fondo violenta a la cual no le interesa que sus seguidores paren de sufrir, antes bien, para ellos el tormento es oro y el miedo es el combustible que lo enciende. Salomón los llama leones rugientes y osos hambrientos. Yo los llamaría de otra manera.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Un Pato Donald militar/ a propósito de los desfiles de la Independencia patria

El Sol cae sobre los rostros morenos. Los tambores retumban como si de verdad fuésemos a la guerra.

Por Juan Carlos Lemus

Más que estudiantes, desfilan hormonas, truenos de percusión y trompetas. Las batonistas danzan haciendo temblar su piel tersa o de naranja. Unas giran, dan un puntapié, lanzan el bastón por el aire y lo cogen al vuelo; luego se doblan casi hasta la sentadilla y dan un brinco que arranca los aplausos del público apretujado.

Marchan en honor a la patria. Algunos visten chaleco y corbatín, como meseros de un crucero, sombreros estilo gánster y guantes blancos. Reinas de belleza, bailarinas en minifalda, muchachas vestidas de aves del paraíso picotean samba, gotean sudor de pies a cabeza dándole al desfile un toque de lujuria. “Todo por Guate”, dice un cartel.

Es entonces cuando aparecen los cadetes de la Escuela Politécnica. Llevan una bandera bien arrugada y sucia. Los sigue una tropa que reacciona al grito de una mujer: “¡Presenten armas!”. Es un grito militar, ciertamente, pero no deja de ser un grito de mujer entre la selva de mosquetones.
Los cadetes no lucen simétricos ni llevan el ritmo exacto. El caitazo que les ha dado reputación es más bien débil y a sus botines les falta betún. Pienso que el Ejército chino ya los habría decapitado. Pero estamos en Guatemala, el 15 de septiembre del 2011, celebrando 190 años de Independencia.

En la banqueta venden agua pura, poporopos, algodones y gelatinas. Una señora grita “¡Peteees. A quetzal los peteeees! (chupetes)”
Otro escuadrón canta una brava letra que dice: “Preparad el ataque coordinado”. Inesperadamente, algo desentona tanto como si en una película de terror de pronto apareciera el osito Bimbo. Exacto. Tras el pelotón viene un soldado disfrazado de osito. ¿Qué diablos hace aquí un osito? Quizás sea del batallón de guardabarrancos, vamos a olvidarlo. Otros cantan con gran coraje el Himno al paracaidista, que dice: “Ay, qué muerte tan sabrosa la que sintió. Y ya nunca más saltó”.

Entre los del Instituto Adolfo V. Hall viene otro osito y ahora un búho… Esto se torna cómico. En otro pelotón, un personaje disfrazado de carrito Jeep del Ejército carga ese vehículo como si fuera Pedro Picapiedra. Es de la Escuela Militar de Aviación. Este desfile adquiere matiz de Huelga de Dolores. Marcha otra escuadra y entre ella, adivine quién, ¡el demonio marino Davy Jones, de Piratas del Caribe! Más disfraces: un buldog y un lobo. Pero dejaron lo mejor de último, un apoteósico cierre con ¡el Pato Donald!; lleva las letras DGF que significan Dirección General de Finanzas del Ejército. Por divertido que sea para los niños, ¿qué hace ese maldito pato desfilando con nuestra brava milicia? Misma que es custodiada por capitanes, coroneles –además de las insignias, se nota que lo son por su barriga y arrogancia- y kaibiles. 

Esto se vuelve cada vez más grotesco, pasa otra ardillita.

Y eso no es todo, oiga esto, la banda de la Escuela de Música del Ejército interpreta, nada más y nada menos que, agárrese bien, Y.M.C.A, un himno de homosexuales, compuesto por el grupo más marica de todo el planeta, el Village People (¿lo recuerda?, aquel de Macho Man). Pasa otro con disfraz de mapamundi, con una cabezota de piñata que es un mundo. Han de ser los de Cartografía. Y a mi lado, la señora sigue gritando “Peteeees”.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Vamos al zoológico/ Època de elecciones presidenciales

LA ERA DEL FAUNO


Por Juan Carlos Lemus

Por estos días, las fieras del zoológico la Aurora están más nerviosas que nunca.

Le ofrezco mi brazo galante para que juntos demos un paseo. Antes de internarnos debo advertirle que no conviene que lleve hoy a sus niños, pues observarían la carroña y las exhibiciones nefandas que practican ante la vista pública tanto los micos como los pericos. Por ejemplo, el babuino, un mono africano de apariencia proletaria que tiene demasiadas crías y el culo bien calloso, babea cual perro mientras refocila encima de una de sus hembras. El 60 por ciento de estos micos son jóvenes; significa que tienen en sus patas el futuro del parque.

Las jirafas —dice un cartel— “se comunican con infrasonidos, por eso creíamos que eran mudas”. En efecto, parecían damas, burguesas bien educadas, pero están tan chifladas como los monos araña.

La tigresa de bengala puede hartarse de una sola vez 85 libras de carne. Ojo con esta bestia, su gula es terrible, no creo que quiera mantenerla ni siquiera un narco. Su amor salvaje lo comparte con un tigre naranja de rayas negras que traga peores cantidades.

El jaguar, la pantera y el puma se mantienen malhumorados y babeantes como drogadictos sin su dosis. El más destartalado y flaco de estos gatos, el jaguarundi, si no tuviera pelos tendría tatuados en el cuerpo unos dedos bien torcidos.

Más allá, vea usted, el señor pizote, un animal al que le llaman el andasolo “porque es de hábitos solitarios”. Tiene ojos achinados, orejas cortas y hocico delgado. Puede comerse un chomín con frutas y verduras en un tris tras. Verdaderamente que anda solo. Pero más loco está el mapache, un cómico animal con antifaz estilo ladrón de la década de 1970.

La cotuza, con los pelos parados por estar rodeada de tantas fieras, se acurruca contra su macho y pareciera que le dice al oído “no te preocupes, mi vida”.

Y el bíblico cabrito de monte, al que “se le ha visto cruzar ríos de más de 300 metros de ancho”, alcanza grandes velocidades cuando huye de sus predicadores, digo, de sus depredadores.

Ahora, bienvenidos seamos a las jaulas de la muerte. Los halcones y los zopes comen cadáveres. Seguramente fueron entrenados por los gringos en la Escuela de las Américas. Entre ellos está uno más bien campechano; es el halcón peregrino, “el animal más rápido del planeta”, que en picada alcanza los 400 kilómetros por hora. No dice si es el más rápido para robar, lo cierto es que después de haber estado en las alturas vive enjaulado y aún conserva cierta arrogancia incomprensible.

En este instante, agárrese bien de mi brazo porque entraremos al tenebroso mundo de las serpientes, donde hay falsos corales, pitones y dragoncitos verdes. La cascabel es una serpiente de mal carácter: “Cuando se siente irritada o amenazada, truena vigorosamente” su chachal —o cascabel—.

La barba amarilla, solo en Guatemala, causa “más de mil mordidas serias al año, muchas de ellas fatales”. Es como la Policía Nacional, pero no tan nefasta.

Abortaremos aquí el paseo para almorzar en la Comiplaza Chapina, en pleno corazón del zoológico. Pido pollo frito. No es lo que se dice un banquete solidario. Habría preferido sesos de hipopótamo en vez de este pollo tieso, frío y viejo. Son Q30 y ni siquiera dan factura, al menos en la caseta 6.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

OPINIÓN

Inicia la era del fauno




Un día de 1990, un avión de carga despegó del Aeropuerto Internacional La Aurora hacia Miami. Era un DC6 que transportaba, se supone, arveja china. Recién elevado, soltó un chorro de humo negro de uno de sus cuatro motores y se inclinó como si fuera a volar verticalmente.


Era un soleado y hermoso sábado por la tarde. Yo todavía estaba en contacto radial con el piloto, pues recién lo había autorizado a despegar. Me dijo que se declaraba en emergencia. Le di estatus prioritario, con todas las consideraciones del caso; entre ellas, no autoricé a nadie más el despegue ni el aterrizaje e indiqué a otros pilotos que venían en vuelo que retornaran a sus aeródromos de procedencia. Recuerdo que uno de ellos insistió en sobrevolar Amatitlán, según él, “en lo que todo se solucionaba”, pero tuvo que regresar a la Costa. También se aproximaba un vuelo de Lacsa; venía de Costa Rica.

Yo era el jefe de turno en la torre de control, y mi compañero era el controlador Roberto Robles. En honor a la verdad diré que otro operador, Roberto Girón, no se presentó esa tarde, y años después mintió en una entrevista, diciendo que él “hubiera querido alargar una mano desde la torre” para que el avión no cayera.

El piloto intentó regresar por su lado izquierdo. Le indiqué que podía aterrizar de norte a sur o de sur a norte —en la pista 1 o en la 19—, según le conviniera, pues el viento estaba en calma, y le garanticé que ninguna aeronave se cruzaría en su trayectoria.

Antes de desplomarse el piloto me dijo algo, entrecortado, y hubo un grito en la cabina. Fue entonces cuando en un lugar de la zona 7 se levantó una columna de humo. Con un dolor bien presionado en mi pecho para evitar que se me saliera, seguí controlando. Aterrizó Lacsa, autoricé el despegue y aterrizaje de helicópteros, aviones pequeños y pesados. Descolgué los teléfonos porque nos llamaban de todas partes.

Al día siguiente tuve que escuchar varias veces la grabación, por lo que de nuevo oí el grito desgarrador del piloto —¿o del copiloto?—. Tuve que hacerlo para dar mi informe oficial ante la compañía estadounidense de seguros y las autoridades aeronáuticas. Fui felicitado por mi reacción. Sería absurdo jactarme de eso, pero sería tonto no decirlo. Sencillamente es una verdad, pero nadie sabe la impotencia que sentí aquellos días, y más cuando supe, meses después, que los afectados no serían indemnizados. Gente poderosa, extranjera y nacional, pisoteó la dignidad de personas indefensas. Murieron 26.

En 1995 vine a pedir trabajo a la sección cultural de Prensa Libre y renuncié al control aéreo. Mi pasado como controlador no abonaba en nada a la cultura artística, pero me favoreció que para entonces ya había publicado artículos periodísticos y críticas teatrales —bastante tóxicas, por cierto—. Era profesor en Letras. No era lo que se dice una ganga, pero me contrataron, y por eso siempre estaré agradecido. Aprendí periodismo aquí, en esta escuela, durante 16 años. Es momento de abandonar el edificio, pero escribiré en este espacio al que nombro La era del fauno, como uno de mis libros. Será un privilegio contar con su lectura sabatina.