jueves, 24 de noviembre de 2011

Habemus cuque/ Descubrimos el Síndrome Guatemala


Según parece, fue descubierto el síndrome
de Guatemala, una variante del de Estocolmo.

Juan Carlos Lemus

Guatemala tiene antecedentes penales, policíacos y depresivos. Nuestros bisabuelos vivieron bajo la polvazón caballar de Estrada Cabrera; sus hijos sufrieron el terror de la Policía de Ubico, y nuestros padres fueron humillados por la judicial y los grupos paramilitares.

Pese a tan grosero saqueo de nuestra felicidad, no sabemos cómo, pero aquí estamos. Fuimos procreados con amor y hemos crecido llenos de esperanza. Es una esperanza tan grande que consiguió derrocar –al costo de la sangre- tanto a tiranos como a molestas aves de corral. Nos defendimos cuales gatos panza arriba y sobrevivimos a la regadera de balazos hasta que se firmó la paz.

Pero a diferencia de las telenovelas donde al final la sirvienta descubre que es la hija rica y se casa con el galán, nos sucedió que la muchacha era marera y el galán un carcelero que se oculta píldoras en el fondillo.

Si nuestra historia daría como para escribir cuentos de terror, fuimos todavía más lejos. El 6 de noviembre del año 2011 creo que se descubrió en Guatemala una variante del síndrome de Estocolmo, aquel en el cual la víctima se enamora de su secuestrador.

Nadie hubiese creído que sería electo para gobernar un tipo acusado de haber participado en crímenes de lesa humanidad. Ciertamente, la decisión era difícil, porque el otro candidato tampoco era una ganga. Para tener aspiraciones presidenciales, a Manuel Baldizón le sobró egocentrismo, mesianismo y chaladura.

No debería extrañarnos ya nada en un país donde izquierda y derecha venden podrido el maíz, hay sindicatos que sirven de alfombra roja para que la pisen sus amos, no hay ideología de partidos y me consta que progresistas varones que por televisión elogian el feminismo, son machistas como una leona. Época tan caótica me trae a la mente estos versos: “Es hora de acostarse con quien les plazca/ y de irse a los puñetazos con una monja”.

El problema no es que Pérez Molina sea militar. Los hay respetables –vivos y muertos- como Jacobo Árbenz Guzmán. O si picamos más alto, en la historia de la humanidad los hay trascendentes como Charles de Gaulle o Domingo Faustino Sarmiento. El problema es que habiendo tantos millones de habitantes honrados nos gobernará uno que tiene un pasado sospechoso. De su currículo deberían resaltar sus estudios de Alta Gerencia en el INCAE y su maestría en Relaciones Internacionales en la Francisco Marroquín, pero sobresale que sea cuque porque su actividad como tal fue sumamente grave.

La noche del 6, su partido lanzó al cielo miles de dólares en juegos artificiales. Tronó a todo pulmón la banda Sonora Dinamita, hubo discursos, lágrimas y las primeras muestras de desenfreno de la señora Baldetti, cuya inauguración como vicepresidente electa ante sus partidarios fue gritarles: “¿Hay orejas aquí? ¡Veo algunas caras!”. Exuda prepotencia y arrogancia; tiene hambre de mandar y hará su voluntad sobre cualquier autoridad, le Pérez a quien le Pérez.

Tras los morteros que estallaban en el cielo, desplegó sus alas un cuervo cuyo pecho exhibía la condecoración Cruz del Ejército de Guatemala otorgada por sus altos servicios a Otto Pérez. Y aleteando, jadeante, se hundió en la noche.

Los deseos del rey/Sobre los chapines campeones panamericanos


Hola, gente maravillosa, campeona
de los Panamericanos: ya hicieron suficiente.

Juan Carlos Lemus

Érase de un rey sumamente rico que tenía una hija muy hermosa; ofreció entregarla, más la mitad de su reino, al valiente que le cumpliera dos deseos; el primero, decapitar al dragón Martus que asediaba sus territorios; su segundo deseo sería revelado cuando el vencedor le llevara la cabeza del animal.

Bravos hombres se internaron en el bosque. Muchos murieron hasta que uno de ellos, tras batirse con el dragón, lo decapitó y luego puso la cabeza a los pies del rey. Mas cuando pidió al soberano que le dijese cuál era su otro deseo, quedó petrificado al oír estas palabras: “Bien has cumplido mi primer deseo, el segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, que me traigas la cabeza de Gruter, el león gigante que traga de un tajo a 100 hombres, el otro te lo revelaré cuando hayas cumplido el primero”.

El guerrero surcó montañas y descendió a profundos barrancos hasta que se vio frente a la bestia. Tras lucha mortal, pudo cortarle la cabeza y también la puso a los pies del rey, quien complacido, dijo: “Bien has cumplido mi primer deseo. El segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, tráeme encadenado al Toro de las Siete Furias cuyos caballos salvajes cruzan las entrañas de la tierra. El segundo te lo pediré cuando hayas traído al Toro...”

Parte de la Leyenda de los deseos eternos, como se conoce a esta narración, la comparto a propósito del gran acontecimiento que recién celebramos en el país, el de los triunfos obtenidos por nuestros atletas en los Juegos Panamericanos de Guadalajara. El júbilo que nos provocaron es enorme. Son personas grandes y maravillosas. Se les debería dar algo más que aplausos porque no solo ganaron medallas sino que elevaron la moral de nuestro país tan lastimado; nos hicieron creer en un futuro brillante para el deporte, quizás también para el arte y la cultura. Pero, además, sería justo darles el premio de no presionarlos. Digo esto porque se les ha preguntado ya con mucha insistencia sobre “su próxima meta” y se habla de que participarán en las Olimpiadas de Londres y en los próximos Panamericanos. No dudo que podrán obtener más medallas, pero recién vienen de cortar grandes cabezas. Es semejante a la pregunta que hizo un reportero a un escritor cuando presentó una novela: “¿Cuál es su próximo libro?” El escritor, enfurecido, respondió: “Me pasé diez años escribiendo esta novela y todo lo que haces es preguntarme por la próxima, ¡Carajo!”.

Si se proponen avanzar aún más, será la suya una decisión personal. Contarán con nuestro apoyo, claro, pero por ahora veámoslos como lo que son, muchachos y muchachas que merecen parrandear. Ya decidirán si se aventuran en otros bosques. No hablo de conformismo, sino de que evitemos poner sobre sus espaldas nuestras esperanzas.

En Guatemala sucede que a las estrellas se les baña de elogios y cuando inician el descenso se les vitupera. Y no seamos como el rey despiadado que mientras más triunfos tenía, más exigía; por cierto, era un rey que jamás guerreó con dragón alguno y que al final –no les conté toda la historia- el joven murió en una de sus empresas, el rey siempre tuvo un nuevo deseo y su hija envejeció llena de lujos y de tristeza.

No, gracias



Una braza puede incendiar un bosque;
gota a gota se llena un océano.

Juan Carlos Lemus


Según la metafísica, cada átomo funciona de igual manera que el Sistema Solar. Ciertas leyes hacen que la vida gire alrededor del Sol y que cada electrón lo haga alrededor de un núcleo atómico. Por eso, cada vez que un niño nos estafa en una calle del Centro Histórico o en los alrededores de un estadio, es el pequeño indicio de que algo anda gravemente mal en toda la sociedad.

Tres personas calientan el fuego de ese tipo de estafa. El niño, porque nos engaña, el estafado –quizás, usted o yo- porque no lo evitamos y el sistema de justicia porque permite que ese cuadro suceda.

Mi argumento parecerá débil porque nadie se cree tan tonto como para dejarse estafar por un niño. Pero vamos a la escena del crimen. Usted va de paseo, en su vehículo y encuentra un sitio donde parquearse en la calle. Mientras retrocede y avanza, tratando de colocarse, ese niño –o una señora con delantal- le da instrucciones con la mano mientras le dice “Dele, dele, seño, ahí nomás”.

Usted se baja y hacen el negocio: le cuidarán su auto a cambio de unos quetzales, pero bien sabe que nadie se lo cuidará, que no les importa que se lo rayen, que se lo choquen o se lo lleven entero. Nunca veremos a esa señora rodando por el suelo, fajándose a golpes con un ratero porque lo atrapó quebrándole un vidrio. La verdad es que el estafado suele pagar con la esperanza de que no le hagan daño. Eso también es una extorsión. En nuestro escenario, esa señora igual puede ser un anciano o algún muchacho. Son personas que obstruyen los espacios públicos con cajas de aguas o bancos plásticos y pueden incluso mandar a golpear a la persona que no les da dinero.

Podemos justificarnos diciendo que tres o cinco quetzales no son nada -peor es un ojo morado-, pero la conciencia nos grita que nos dejamos engañar, como siempre. Hundidos en la descomposición social, a fuerza de pequeños miedos nos vamos hinchando de ira. Gota a gota se llena un océano. Igual, es posible que rematemos con quienes no representen para nosotros una amenaza. Y el círculo de miedo y agresividad se fortalece. Recuerde que lo pequeño es un mapa de lo enorme.

La solución está en decir dos palabras muy sencillas que generalmente se nos quedan trabadas en la garganta, porque cuesta mucho pronunciarlas: “No, gracias”. El problema se complica porque si usted se niega, no se va tranquilo al estadio, al concierto de música o a la procesión. Pero, aunque pague, es posible que cuando llegue a su carro lo encuentre hasta sin batería. Aún así, volverá a pagar. No es para tanto.

La destrucción emocional ante la vida no viene solo de los grandes líos nacionales, también las pequeñas gripes crean pulmonía. Es probable que ese tipo de estafa, más otros problemas como el humo negro de las camionetas contribuyan a crear, poco a poco, a un guatemalteco furioso e inesperadamente violento. Una bomba siempre a punto de estallar. Más convendría avanzar con más coraje y decir “no, gracias”, en lugar de tragarnos cada insatisfacción.

Se corre un gran riesgo, claro, pero hay una frase muy sabia que dice: “El que se arriesga, puede perder, pero el que no se arriesga, ya está perdido”.