Columnas periodísticas de Juan Carlos Lemus publicadas cada sábado en el diario Prensa Libre.
domingo, 25 de marzo de 2012
Geredamorfosis/ acerca de los comentarios en contra de Ricardo Arjona
sábado, 3 de marzo de 2012
Las ideas drogadictas/
JUAN CARLOS LEMUS
En Guatemala, hará 15 años, hubo un grupo de escritores que buscaba la creatividad por medio del consumo de drogas. Se reunían para inspirarse, se metían cosas por la nariz y hablaban muchas estupideces. De hecho, se filmaron y publicaron en tales condiciones para exhibir genialidad. Querían ser los infantes terribles de una Guatemala genuinamente terrible. Afrancesados y medianamente beatnik, quedan por ahí sus libros llenos de sapos y hazañas voluptuosas.
Admiraban a una especie de gurú de sangre italiana que supo encantarlos. Tanto lo siguieron que, hasta la fecha, algunos todavía gesticulan y hablan como él, con la afectación de un rostro desdeñoso. Mientras que el gurú va dejando huella, ellos siguen perfeccionando la pose. Algunos seres, esclavos por naturaleza, buscan un amo. Entre los artistas sucede con frecuencia.
Drogas y literatura son un experimento de hace siglos, aunque no todos pueden vadear en tales aguas. O se es un genio, o se es un nene encantado por musas rojas y vésperos alucinantes. Es posible que Shakespeare fuera drogadicto y homosexual. Otros, como Truman Capote, no dejan lugar a dudas; su frase más famosa es aquella de: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.
Las drogas nacen legales —o al menos, no penalizadas—. A principios del siglo XIX en Inglaterra, por ejemplo, era normal inhalar óxido nitroso en los teatros. Era el llamado gas de la risa que devino anestesia. Con el tiempo, esos y otros narcóticos fueron prohibidos porque tenían funestas y diversas consecuencias. Tan diversas que mientras el pacífico hippie habla de paz y amor, el adicto a fuertes peyotes sufre esclavizado a los pies del pusher.
Por estos días, cuando Otto Pérez y Roxana Baldetti se empeñan en debatir sobre la despenalización en Centroamérica, hay en las calles más hambre de seguridad que de campaña con características holandesas. Nuestro país es pobre, inseguro y violento. Antes de vagar por la región con ideas que desde ya celebran los futuros empresarios de la coca, urge aplacar el hambre. Intelectuales progres ya hacen números y chupan su lápiz. Pero Portugal y Holanda despenalizaron porque tienen una poderosa infraestructura de rehabilitación, en tanto que Guatemala ni siquiera ha podido alfabetizar.
La propuesta es semejante a pintar la fachada de una casona que adentro tiene maleza, el techo podrido y meados de rata. Afuera están Pérez y Baldetti, pintura en mano, diciendo al mundo: “Pintemos, así se van las ratas”. Lo ridículo es que ya saben que Estados Unidos —ese gran pusher de la economía— no les da permiso. Aún así, aparentando insurrección, pero, en realidad, justificando de antemano que se fortalecerá el narcotráfico en los próximos cuatro años, hacen una gira por Centroamérica. El primero en responderles fue Panamá: “Por nuestra parte, honorable señora, váyanse ustedes por un tubo”.
Ah, pero, de todas maneras, quieren proponerlo en la cumbre de Cartagena. ¿Es que esta gente no sabe que el país está harto de falsedad, y que es tan pobre que hay asesinatos por robo de celulares, tan pobre que hasta sus intelectuales fingen problemas de adicción para darse tupé de incomprendidos?
martes, 28 de febrero de 2012
Don Héctor Gaitán/ historiador, escritor, antiimperialista, dueño de un loro y de fantasmas
Héctor Gaitán tuvo un loro que hoy (11 de febrero del 2012) cumple nueve días de estar triste. Se llama Lucas Gaitán. Está deprimido y con razón. Vivió 30 años junto a su amo. “Qué tal vos”, le decía don Héctor cuando pasaba junto a él, en el patio, y Lucas respondía “Qué tal vos”.
Aquel hombre corpulento, moreno, de anteojos estilo años 1960, de joven bailó bastante mambo. Llegó exiliado a México en el 65. Vendió platería. Quiso hacerse torero. Se inscribió en la escuela taurina cuando tenía algo más de 20 años, pero comenzó a desarrollar una gordura desfavorable para arquearse ante los toros y tuvo que abandonar. Mantuvo, eso sí, la afición y algo de la jerga toda su vida, tanto que dos días antes de morir vio por televisión una corrida y uno antes dijo a Juan Pablo, su hijo: “Hoy sí, me dieron una cornada”. Murió a los 72, de cáncer en el intestino.
En diciembre pasado lo había recibido en el San Juan de Dios el doctor Puente, quien lo cuidó con la devoción que pone un celoso restaurador del patrimonio nacional. Se hizo lo que se pudo hasta que, finalmente, hoy hace nueve días lo reclamaron los aparecidos.
Algunos lo recordarán como a una persona seria. En realidad, era calculador, en exceso prudente y un poco tímido. Mas cuando tomaba confianza, carcajeaba con retumbo. Era una risa galana, sabrosa, con caja de resonancia entre la papada y el pecho. Al instante volvía a su seriedad habitual. Su voz procedía de un barranco tenor. Adentro de él hicieron nido los espantos. Entre todos pesaban 300 libras. En un templo budista oí decir que Buda era gordo porque se había comido los problemas del mundo. Héctor Gaitán se comió a los fantasmas del siglo XX. Los arrojaba con todo y alma en cada historia. Pero después de ser narrados, ellos volvían a metérsele porque adentro se sabían guarecidos. El Sombrerón, la Llorona, el Cadejo, la Siguanaba y los descabezados se le tambaleaban en el vientre, en una balsa, cuando caminaba bamboleándose, bastón en mano.
Cualquiera podría contar historias de ultratumba, pero don Héctor lo hacía con singular textura en la voz, con paladar popular, otorgando una perspectiva antropológica más que una historia, y un registro del folclor mestizo más que un escalofrío. Sus 28 libros, que tuvo el buen tino de apoyar siempre Jesús Chico, están cifrados en un lenguaje sencillo, sin pedantería ni cochambre, todo un estilo Gaitán.
Amante de los boleros, degustador del revolcado, las tiras y deliciosos atoles, tuvo buenos amigos, entre ellos, el cómico Capulina, el ovacionado torero Cordobés, Manuel Colom Argueta y José Ernesto Monzón. Cuando digo amigos, no digo conocidos de paso, sino grandes cuates, entrañables, como también lo fue toda su vida el cómico Rafael Hernández, Velorio.
Transmigrará en espanto. Lo veremos con su calvicie mesurada, su bastón y figura cónica caminando por su barrio, la Recolección. Se aparecerá frente a su casa, esa de amarillo descascarado que tiene afuera un hueledenoche y un limonar.
“Qué tal vos”, le digo a Lucas Gaitán, esperando que me responda como a don Héctor, pero el loro baboso me da la espalda y ronronea cual gato, juro que mirando hacia el altar donde está una foto de su difunto amo.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Un milagro por minuto/Reflexiones en torno a la salida de Silvio Belusconi
La Tierra es un bus conducido a 150 kilómetros por hora,
por pilotos ciegos y borrachos.
Juan Carlos Lemus
Renunció Silvio Berlusconi, ese pequeño Calígula moderno que fue tres veces primer ministro de Italia. Entre sus logros está el que haya salido judicialmente ileso de sus aventuras con prostitutas y menores de edad, además de que impulsó leyes racistas contra quienes consideraba “delincuentes extranjeros”. Es un tipo de cerebro genital; famoso por sus pretensiones de Playboy y porque se le ve en YouTube comiéndose asquerosamente lo que se saca de la nariz.
Como megalómano, no ha sido el único. Saparmurat Niyazov, por ejemplo, ex dictador de Turkmenistán, mando erigir una estatua con su imagen hecha de oro y material de meteorito, y sustituyó el nombre de algunos meses del año para ponerles el suyo y el de su madre.
Solo en un planeta tan absurdo puede suceder algo como esto: en 1921, en Nicaragua –nos dice William Krehm en su libro Democracia y tiranías en el Caribe- dos muchachos fueron cogidos in fraganti falsificando monedas de oro. Uno de ellos se llamaba Anastasio Somoza García y llegó a ser presidente de Nicaragua. El otro, Camilo González, fue su jefe del Estado Mayor. De igual calaña han sido Abdalá Bucaram, ex presidente de Ecuador conocido como el Loco; o el criminal paraguayo doctor Francia, dictador perpetuo que a sus 20 años abofeteó a su padre; era paranoide y en una de sus crisis mandó a fusilar a su sobrino y a su hermana –Roa Bastos lo describe ampliamente en su novela Yo, el Supremo-.
Visto así, Berlusconi no es más que un mocoso millonario y terrible, no menos abrupto e imprudente que el francés Nicolas Sarkozy. Nuestro mundo parece un autobús conducido por pilotos ciegos y borrachos, que lo llevan a 150 kilómetros por hora en un callejón sin salida. Tales líderes son peligrosos como los choferes de nuestros buses rojos. La única diferencia es que los primeros siguen un protocolo, beben champaña en sus orgías, usan corbatas de seda, tacones y blusas blancas, en tanto que los pilotos de la muerte montan en jaripeo a sus animales de hojalata que escupen humo tóxico, babean aceite y tienen las entrañas destartaladas.
Los choferes no hacen fiestas salvajes en burdeles exclusivos, pero exhiben autocomplacencia cuando agreden a personas indefensas, cruzan los semáforos en rojo, bloquean las intersecciones, maldicen a los ancianos y acosan a las muchachas. Lo más absurdo es que les pagamos a los dueños por que nos hagan todo eso, con un subsidio anual de varios cientos de millones de quetzales. El negocio no puede ser más sucio. En cuanto a las corbatas, también las pagamos.
A pesar de todo, esos buses son una prueba de que Guatemala es uno de los países del planeta en donde suceden más milagros. Cada minuto, cada persona que llega a salvo a su destino, es un milagro.
“No puedo reconciliarme con un mundo en el que un ademán puede costar la vida”, escribe Heinrich Böll en Billar a las nueve y media. Tiene razón. El mundo es absurdo, difícil e irreconciliable. Así sea en Alemania o en Panajachel, en Italia o en Ciudad Quetzal, los líderes y los choferes son paranoides como el doctor Francia y pueden agredir o mandar a matar a cualquiera si miran por el retrovisor ademanes que les disgusten.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Habemus cuque/ Descubrimos el Síndrome Guatemala
de Guatemala, una variante del de Estocolmo.
Los deseos del rey/Sobre los chapines campeones panamericanos
Hola, gente maravillosa, campeona
de los Panamericanos: ya hicieron suficiente.
Juan Carlos Lemus
Érase de un rey sumamente rico que tenía una hija muy hermosa; ofreció entregarla, más la mitad de su reino, al valiente que le cumpliera dos deseos; el primero, decapitar al dragón Martus que asediaba sus territorios; su segundo deseo sería revelado cuando el vencedor le llevara la cabeza del animal.
Bravos hombres se internaron en el bosque. Muchos murieron hasta que uno de ellos, tras batirse con el dragón, lo decapitó y luego puso la cabeza a los pies del rey. Mas cuando pidió al soberano que le dijese cuál era su otro deseo, quedó petrificado al oír estas palabras: “Bien has cumplido mi primer deseo, el segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, que me traigas la cabeza de Gruter, el león gigante que traga de un tajo a 100 hombres, el otro te lo revelaré cuando hayas cumplido el primero”.
El guerrero surcó montañas y descendió a profundos barrancos hasta que se vio frente a la bestia. Tras lucha mortal, pudo cortarle la cabeza y también la puso a los pies del rey, quien complacido, dijo: “Bien has cumplido mi primer deseo. El segundo es que me concedas otros dos deseos. El primero, tráeme encadenado al Toro de las Siete Furias cuyos caballos salvajes cruzan las entrañas de la tierra. El segundo te lo pediré cuando hayas traído al Toro...”
Parte de la Leyenda de los deseos eternos, como se conoce a esta narración, la comparto a propósito del gran acontecimiento que recién celebramos en el país, el de los triunfos obtenidos por nuestros atletas en los Juegos Panamericanos de Guadalajara. El júbilo que nos provocaron es enorme. Son personas grandes y maravillosas. Se les debería dar algo más que aplausos porque no solo ganaron medallas sino que elevaron la moral de nuestro país tan lastimado; nos hicieron creer en un futuro brillante para el deporte, quizás también para el arte y la cultura. Pero, además, sería justo darles el premio de no presionarlos. Digo esto porque se les ha preguntado ya con mucha insistencia sobre “su próxima meta” y se habla de que participarán en las Olimpiadas de Londres y en los próximos Panamericanos. No dudo que podrán obtener más medallas, pero recién vienen de cortar grandes cabezas. Es semejante a la pregunta que hizo un reportero a un escritor cuando presentó una novela: “¿Cuál es su próximo libro?” El escritor, enfurecido, respondió: “Me pasé diez años escribiendo esta novela y todo lo que haces es preguntarme por la próxima, ¡Carajo!”.
Si se proponen avanzar aún más, será la suya una decisión personal. Contarán con nuestro apoyo, claro, pero por ahora veámoslos como lo que son, muchachos y muchachas que merecen parrandear. Ya decidirán si se aventuran en otros bosques. No hablo de conformismo, sino de que evitemos poner sobre sus espaldas nuestras esperanzas.
En Guatemala sucede que a las estrellas se les baña de elogios y cuando inician el descenso se les vitupera. Y no seamos como el rey despiadado que mientras más triunfos tenía, más exigía; por cierto, era un rey que jamás guerreó con dragón alguno y que al final –no les conté toda la historia- el joven murió en una de sus empresas, el rey siempre tuvo un nuevo deseo y su hija envejeció llena de lujos y de tristeza.
No, gracias
Una braza puede incendiar un bosque;
gota a gota se llena un océano.
Juan Carlos Lemus
Según la metafísica, cada átomo funciona de igual manera que el Sistema Solar. Ciertas leyes hacen que la vida gire alrededor del Sol y que cada electrón lo haga alrededor de un núcleo atómico. Por eso, cada vez que un niño nos estafa en una calle del Centro Histórico o en los alrededores de un estadio, es el pequeño indicio de que algo anda gravemente mal en toda la sociedad.
Tres personas calientan el fuego de ese tipo de estafa. El niño, porque nos engaña, el estafado –quizás, usted o yo- porque no lo evitamos y el sistema de justicia porque permite que ese cuadro suceda.
Mi argumento parecerá débil porque nadie se cree tan tonto como para dejarse estafar por un niño. Pero vamos a la escena del crimen. Usted va de paseo, en su vehículo y encuentra un sitio donde parquearse en la calle. Mientras retrocede y avanza, tratando de colocarse, ese niño –o una señora con delantal- le da instrucciones con la mano mientras le dice “Dele, dele, seño, ahí nomás”.
Usted se baja y hacen el negocio: le cuidarán su auto a cambio de unos quetzales, pero bien sabe que nadie se lo cuidará, que no les importa que se lo rayen, que se lo choquen o se lo lleven entero. Nunca veremos a esa señora rodando por el suelo, fajándose a golpes con un ratero porque lo atrapó quebrándole un vidrio. La verdad es que el estafado suele pagar con la esperanza de que no le hagan daño. Eso también es una extorsión. En nuestro escenario, esa señora igual puede ser un anciano o algún muchacho. Son personas que obstruyen los espacios públicos con cajas de aguas o bancos plásticos y pueden incluso mandar a golpear a la persona que no les da dinero.
Podemos justificarnos diciendo que tres o cinco quetzales no son nada -peor es un ojo morado-, pero la conciencia nos grita que nos dejamos engañar, como siempre. Hundidos en la descomposición social, a fuerza de pequeños miedos nos vamos hinchando de ira. Gota a gota se llena un océano. Igual, es posible que rematemos con quienes no representen para nosotros una amenaza. Y el círculo de miedo y agresividad se fortalece. Recuerde que lo pequeño es un mapa de lo enorme.
La solución está en decir dos palabras muy sencillas que generalmente se nos quedan trabadas en la garganta, porque cuesta mucho pronunciarlas: “No, gracias”. El problema se complica porque si usted se niega, no se va tranquilo al estadio, al concierto de música o a la procesión. Pero, aunque pague, es posible que cuando llegue a su carro lo encuentre hasta sin batería. Aún así, volverá a pagar. No es para tanto.
La destrucción emocional ante la vida no viene solo de los grandes líos nacionales, también las pequeñas gripes crean pulmonía. Es probable que ese tipo de estafa, más otros problemas como el humo negro de las camionetas contribuyan a crear, poco a poco, a un guatemalteco furioso e inesperadamente violento. Una bomba siempre a punto de estallar. Más convendría avanzar con más coraje y decir “no, gracias”, en lugar de tragarnos cada insatisfacción.
Se corre un gran riesgo, claro, pero hay una frase muy sabia que dice: “El que se arriesga, puede perder, pero el que no se arriesga, ya está perdido”.
